TOPSHOTS A handout picture released by the United Nation Relief and Works Agency (UNRWA) on February 26, 2014 shows residents of Syria's besieged Yarmuk Palestinian refugee camp, south of Damascus, crowding a destroyed street during a food distribution led the UN agency, on January 31, 2014. AFP PHOTO/HO/UNRWA === RESTRICTED TO EDITORIAL USE - MANDATORY CREDIT "AFP PHOTO / HO / UNRWA" - NO MARKETING NO ADVERTISING CAMPAIGNS - DISTRIBUTED AS A SERVICE TO CLIENTS ===

Desde que se inició la guerra de Siria hace cuatro años, la mitad de la población ha huido de sus casas. A los casi cuatro millones de personas que de una manera u otra han cruzado la frontera para salir del país, se les unen los más de 8 millones de desplazados dentro del país. Personas que han dejado de vivir en ciudades históricas como Alepo o Damasco para irse a otras zonas huyendo de la devastación de la guerra.

Las noticias no hablan de ellos. Viven vagando dentro de un país fallido, donde además, gracias al caos en que está sumido, las fuerzas terroristas del Estado Islámico va poco a poco avanzando. Son extraños dentro de su propio país. Sobreviven con la esperanza de que acabe la guerra y puedan volver a sus casas, a sus ciudades derruidas. Gentes que además de vivir el horror de la guerra, ahora tendrán que sufrir las escaseces de una post-guerra y la recuperación de un país que necesitará décadas para recobrar el esplendor cultural, económico y social que tuvo en su día.

Para explicarles esta situación imagínense que esto sucede aquí en España. Que nosotros tuviéramos que salir una noche con lo poco que pudiéramos coger y huyéramos a cualquier pueblo que encontráramos en el camino para estar a salvo. Empezar de cero. Sin nada. Con el sólo objetivo de no morir en una guerra alargada por un dictador. A menudo cuando vemos las cosas en primera personas somos capaces de entender la dureza de la situación que en poco más de un minuto nos cuentan los telediarios. Esa es la realidad de millones de sirios y sirias que además de no tener libertades, de haber sido aparatados de la revolución social de su país, de tener que vivir el embargo de la comunidad internacional y de sufrir una guerra civil, han tenido que dejar sus casas, sus pertenencias, su vida y encaminarse a cualquier otro lugar de su país para poder sobrevivir.

A menudo nos olvidamos de esta realidad. Las trágicas noticias que nos llegan de muertes en el mediterráneo, mafias de transporte de personas como si fueran ganado o la situación dramática en las fronteras de los países limítrofes hace que la penosa realidad de los desplazados sirios haya desaparecido de las noticias.

Pero además hay una situación más grave. Casi seis millones de niños y niñas en Siria sufren situaciones extremas. Niños y niñas que además de tener que vivir el horror de ver la guerra, no tienen atendidas sus necesidades básicas, ni pueden asistir de manera habitual a la escuela para formarse. Su experiencia vital ahora es la de poder sobrevivir, ver a compañeros que se quedan en ciudades sitiadas, o a otros que abandonan sus casas para vivir a cientos de kilómetros, o a unos cuantos más que han tenido que dejar el país y posiblemente nunca más volverán a ver. Una generación perdida.

Más pronto que tarde Siria debe recuperar su normalidad. Construir un futuro de paz y libertad donde todos y cada uno de sus ciudadanos puedan volver a soñar con una vida en paz. Los niños y niñas no sólo son el futuro, son un presente. Esta guerra y crisis humanitaria no puede además hurtar la esperanza a unos niños y niñas que nunca debieron ver y sufrir esta guerra.

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