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La profesora de Harvard, Donna Hicks, concluye su último estudio afirmando que la dignidad es personal, que nadie te la otorga, que nadie te la quita. Sin embargo cuando tienes que abandonar tu tierra, huir del desierto y tener que empezar un nuevo proyecto de vida sin ninguna garantía de futuro, difícilmente podemos afirmar que no te haya sido arrebatada.


Resulta contradictorio comprobar cómo en una parte del mundo, el mal llamado desarrollado, nos empeñamos en acabar con los recursos del planeta, mientras la otra parte del mundo, es decir el sur, con escasos recursos lucha por hacer de una tierra inhóspita, un lugar de naturaleza, de agua y de vida.
En Anantapur el 80% de la población vive de la agricultura, sin embargo no cuentan ni con los recursos naturales necesarios, el agua, ni la tecnología avanzada, ni tan siquiera con la capacitación suficiente para poder cultivar con eficacia y eficiencia en una tierra árida. Esta es la realidad de un pueblo rural que ha de emigrar a la ciudad para buscar un futuro incierto.
Cuando desarrollamos proyectos de cooperación al desarrollo plasmamos las ilusiones para un progreso compartido. Cuando son ejecutados recibimos informes que nos informan, que nos explican como se han llevado a cabo y valoramos como repercuten en las comunidades. En muchas ocasiones no somos capaces de alcanzar a calcular el impacto que esa pequeña inversión de poco más de 35.000 euros va a suponer en toda la comarca durante los próximos cinco, diez o veinte años.
Cuando terminábamos la visita de hoy a uno de estos embalses, Vicente Diego, gran persona y hoy ya un buen amigo, me cogía del brazo después de hablar con la gente de la aldea y me preguntaba: ¿Has visto los mismo que yo en sus ojos? Efectivamente habíamos visto los mismo. No sólo la alegría y la ilusión que nos transmitían por poder tener agua para desarrollar su proyecto de vida, sino que sobretodo sentíamos la dignidad de personas que podían quedarse en su tierra sin tener que huir de manera forzosa de su hogar. Era su apuesta, su trabajo, su éxito.
Hombres y mujeres que ahora trabajaban de manera cooperativa, aún sin saberlo, para lograr no sólo sobrevivir, sino además dar un futuro mejor a sus hijas e hijos. La dignidad y el orgullo de levantarte y decir “tengo una hija que estudia medicina, tengo un hijo que estudia para ingeniero”. Posiblemente los primeros jóvenes de la aldea que vayan a una universidad, y eso gracias al esfuerzo de sus padres, de ellos y de una comunidad que entiende que solo desde la cooperación se puede avanzar. Una dignidad a compartida.
No soy un especialista en dignidad como la profesora Donna Hicks, pero si sé que cuando preguntamos el papel de las mujeres, en la labor del campo, y antes de responder el responsable del proyecto, un hombre le da la palabra a una mujer para que explique su labor, es un signo inequívoco que ellas se han ganado la dignidad que nunca debieron negarle.

Publicado en diario.es el 24 de Enero de 2016

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