Estamos en un mundo global. Necesitamos definir un nuevo contrato social para afrontar los retos y oportunidades que tenemos por delante. Es el momento de repensar el modelo actual de multilateralismo y establecer nuevos espacios que vayan más allá de la suma del mínimo común denominador de los intereses de los países avanzados.

Solo avanzamos si lo hacemos juntos. Cuando sumamos nuestra inteligencia y nuestras capacidades para afrontar los retos, conseguimos mejorar nuestro ecosistema social y cultural. Tenemos que entender que la relación entre iguales es un contrato de reciprocidad donde todas las partes ganan. Sin embargo, actualmente existen fuerzas que luchan en sentido contrario, que pretenden justamente contraponer derechos y libertades como si estas no fueran las dos caras de la misma moneda. Una vieja lucha, hoy recrudecida, entre el individualismo y la colectividad como forma de gobernanza y de vida.

Los grandes avances socio-económicos globales vividos en las últimas décadas, como bien ha demostrado Branco Milanovic con su elefante de la desigualdad, han sido completamente desequilibrados. Mientras los países menos avanzados han alcanzado grandes logros, las clases medias de los países desarrollados han soportado con mayor virulencia los efectos de la crisis mundial. Por otro lado, las más ricas y poderosas capas de la sociedad, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia, han seguido acrecentando su poder y su influencia.

Esta situación de desigualdad ha llevado al crecimiento de populismos y ultra-nacionalismos que abogan por políticas proteccionistas, aplicando de una forma ortodoxa el trilema de Rodrick que nos señala que es imposible conseguir conjugar la globalización económica, la democracia política y la soberanía nacional. Esta idea obsoleta en un mundo global, pero tremendamente efectiva y de fácil asimilación por grandes capas de la sociedad, ha llevado a la extensión de la aporofobia. Mientras pensábamos que el problema esgrimido por los nacionalistas y populistas era el rechazo al extranjero por su condición de extraño, ahora sabemos que realmente la repulsa es al pobre, a otro pobre lejano al que se le niega la oportunidad de poder desarrollar su proyecto de vida. Resulta curioso que aquellos defensores a ultranza de la libertad individual ahora se conviertan en los censores de la libertad de otras personas de casta inferior a su raza superior.

Durante los últimos años, estamos viendo cómo esta visión del mundo que predecía Rodrick se está materializando con el cierre de fronteras, la construcción de muros, el bloqueo a tratados internacionales bilaterales o en la última de las expresiones de esta deriva, con la reducción de fondos y condena de entidades multilaterales que trabajan en la defensa de los derechos humanos. Sin embargo, no todo son malas noticias. Frente al autoencierro de algunos países, se abren nuevas vías de esperanza en otros, que no solo dejan de mirar a otro lado ante los problemas globales, sino que además, toman la iniciativa para ponerse al frente de los retos mundiales: Alemania alberga cerca de un millón de refugiados sirios, la Unión Europea da un paso al frente ante la negativa de EE UU a cumplir con los acuerdos de la COP21 cerrados en París en 2015 y, mientras unos abogan por nuevos muros, China abre una nueva Ruta de la Seda. Así esta el mundo hoy.

Consensuar no es ceder soberanía, es compartir una visión común

La realidad actual nos deja entrever que no corren buenos tiempos para el multilateralismo. Aquella idea surgida tras la II Guerra Mundial, que ya cuenta con más de 70 años y que nos permitió entender que la mejor manera de actuar en beneficio del bien común, era lograr grandes consensos internacionales. Hoy, está en riesgo por intereses particulares del nosotros primero. Pero si echamos un vistazo a la historia de Europa, esta visión multilateral nos ha permitido disfrutar del mayor periodo de tiempo sin guerras ni conflictos armados, al mismo tiempo que conseguíamos las cotas más elevadas de progreso y bienestar.

Porque se trata de eso, de construir espacios de paz y desarrollo. Consensuar no es ceder soberanía, es ante todo construir nuevos acuerdos desde la aportación de cada uno de los actores, es compartir una visión común. Pero para que esto se produzca debemos situarnos en la esfera del diálogo frente aquellos que establecen la relación desde la discusión a través de la descalificación del interlocutor, o la utilización de la posverdad (o las nuevas mentiras) como eje argumental, e incluso a aquellos que ocupan las mesas de negociación para establecer debates encarnizados que les permitan obtener el mayor beneficio, eso sí, sin perder un ápice su planteamiento inicial. Este no es el camino.

Discutirdebatir o dialogar por mucho que se parezcan no son lo mismo, tan solo hay que buscarlas en el diccionario para entender que hablamos de cuestiones muy distintas. Pero si a la palabra y al hecho de dialogar le unimos la voluntad de consensuar tendremos la base de un nuevo modelo de multilateralismo inclusivo que propicie un desarrollo sostenible. Construyamos consensos dialogados que sirvan de visión sobre la tarea a emprender para transformar el mundo en que vivimos, un camino hacia una globalización en positivo. Hoy a diferencia del Medievo conocemos que va a pasar mañana y sobre todo que pasará si no tomamos determinadas decisiones.

Frente al autoencierro de algunos países, se abren nuevas vías de esperanza en otros que toman la iniciativa para ponerse al frente de los retos mundiales

Tenemos el mandato y las capacidades necesarias para seguir sumando voluntades y acciones que faciliten que cada uno de los actores locales, nacionales e internacionales afronten, desde sus políticas domésticas, las actuaciones necesarias para que caminemos bajo la misma senda de crecimiento y desarrollo ético.

Pero además, necesitamos aprovechar el conocimiento generado para seguir avanzando. Vivimos en un mundo tridimensional de actores y agentes conectados y globalizados que aportan su experiencia y conocimientos para lograr afrontar los retos y así mejorar las condiciones de vida de todas las personas.

Las alianzas inteligentes de cooperación están llamadas a transformar el papel que ha jugado el multilateralismo del siglo XX, a las realidades, capacidades y aspiraciones del siglo XXI. Sumemos consenso, voluntad e inteligencia para lograr un desarrollo sostenible inclusivo.

Publicado en Planeta Futuro El País ( https://elpais.com/elpais/2018/03/23/planeta_futuro/1521821546_160341.html

 

Anuncios