unicefHan transcurrido más de 20 años desde que todos los gobiernos del mundo aprobaran, en la Asamblea General de Naciones Unidades, el tratado internacional más ratificado de la Historia, La Convención de los Derechos del Niño. Han pasado 24 años y hoy en el mundo aun cerca de 200 millones de niños y niñas menores de 5 años sufren desnutrición. Algo estamos haciendo mal. Hoy no hay escasez de alimentos, sin embargo, millones de niños y niñas no tiene su seguridad alimentaria garantizada.

La desnutrición sigue siendo una amenaza. Una situación que pone en riesgo no sólo, la supervivencia, el crecimiento y desarrollo de millones de niños y niñas, sino que además lastra el progreso de sus países.

El hambre global afecta a las comunidades más pobres y vulnerables de todo el mundo. El 78% de los niños y niñas que sufren desnutrición aguda severa se encuentran concentrados en tan sólo 10 países: India, China, Nigeria, Pakistán, Indonesia, Bangladesh, Etiopía, República democrática del Congo, Filipinas y República Unida de Tanzania. Solamente en India, viven más de un tercio de los niños y niñas que sufren desnutrición crónica.

La Organización de Naciones Unidas determinó la erradicación de la pobreza como el Objetivo número uno del Milenio. Es cierto que se ha reducido la pobreza a la mitad, pero hoy 1.000 millones de personas pasan hambre, el 70% son mujeres, tremendo. Además, más de 1.400 millones de personas viven con tan solo 1 dólar al día. Algo no está funcionando bien. Hoy el problema no es la producción de alimentos, sino el acceso a los mismos.

Los menores desnutridos hoy, serán los pobres de mañana. La desnutrición infantil es uno de los principales mecanismos de transmisión intergeneracional de pobreza y desigualdad, supone por tanto, una pesada hipoteca de futuro para millones de niños y niñas. Una situación humanitaria y social insostenible.

La lucha contra la desnutrición infantil no puede ser tratada como una política asistencial, sino desde un punto de vista integral, atajando todas sus causas. Básicas como la pobreza, la desigualdad y la escasez de educación de las madres. Subyacentes como la falta de acceso a los alimentos, a la atención sanitaria y a agua salubre. Inmediatas como la alimentación y la atención inadecuada o las enfermedades.

Nuestro compromiso en materia de nutrición infantil y materna ha de ir unido a políticas de salud, de educación, de igualdad de género, de protección social y de apoyo al sistema productivo sostenible. No podemos limitarnos a una atención meramente asistencial. Nuestras acciones no serán efectivas sino atendemos a todas las circunstancias que afectan a los niños y niñas que sufren desnutrición.

La lucha contra esta situación ha de ser la máxima prioridad de los países donantes. España ha sido un país de referencia en la lucha contra la desnutrición. La crisis no puede ser la excusa. Nuestro compromiso ciudadano, social y político por la dignidad de las personas debe plasmarse en una apuesta comprometida, clara y decida por la lucha contra la pobreza mundial. Debemos dar un impulso a las políticas de cooperación que permitan una alimentación para todos, entre todos, para hoy y para mañana.

Por desgracia, los “voceros” del PP están avivando la idea de que antes de alimentar a los pobres del tercer mundo, hay que ayudar a los propios pobres. Como si hubiera pobres propios y pobres ajenos. Sinceramente esta idea me parece repugnante e inhumana. Eliminar la ayuda al desarrollo para transformarla en ayuda a las familias necesitadas de nuestros pueblos y ciudades es una perversión de la política, una visión populista y demagógica.

El PP nos lleva a elegir entre pobreza o miseria, entre egoísmo o humanidad, entre los nuestros y los otros. No, yo me niego. Me niego a una visión de la vida donde la operación de todo tiene que dar cero. Se trata de priorizar y trabajar por una sociedad justa e igualitaria.

Se puede, perdón, se debe ayudar a todos y todas, a los de aquí y a los de allí, a todas aquellas personas que sufran, independientemente sean de Alcobendas o de Maniça, sean hombres o mujeres, niños o niñas. Se puede y se debe. Es nuestra primera obligación sí queremos denominarnos “personas”

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