Nada puede seguir siendo lo mismo

Si algo hemos aprendido en estos tres primeros años de la puesta en marcha de la Agenda 2030 es que nadie puede quedar atrás, ni nada puede seguir siendo lo mismo. Nuestro camino es claro y decidido. Un camino que comparten cientos de países, miles de ciudades y millones de personas. Hoy formamos una gran alianza global que ha de llevarnos a la transformación del mundo que vivimos desde los valores que impregnan el multilateralismo, la justicia y la igualdad de oportunidades.

No vale cualquier cambio, ni tan siquiera un simple maquillaje que tape los desequilibrios sociales, económicos y medioambientales que hacen de nuestro planeta, y de nuestro un mundo, un lugar insostenible. Es el momento de hacer real una economía descarbonizada, una sociedad cohesionada e inclusiva y una transición ecológica justa sellada desde una gran alianza global para un desarrollo sostenible equitativo.

Ésta no es una batalla ideológica; no es ni tan siquiera una utopía, es una realidad de hoy para tener un mañana. Es, en palabras de Naomi Klein, «una lucha de valores, de derechos humanos, de bien y mal», es una acción permanente e inequívoca por cambiar el cambio, por transformar nuestro mundo desde la solidaridad personal y colectiva. Éste es nuestro compromiso ético.

Desde el año 2015,  heredando los principios y valores de la Declaración Fundamental de Derechos Humanos, nos hemos dado el conocimiento necesario para hacer nuestro mundo sostenible y justo. Desde la aprobación de la Agenda de la Financiación del Desarrollo, adoptada en junio de 2015 en Addis Abeba; continuando por los Objetivos de Desarrollo Sostenible, aprobados por 193 países en la 70º Asamblea General de Naciones Unidas el 25 de septiembre de ese mismo año; siguiendo por la aprobación del Acuerdo de París, en diciembre de 2015; y concluyendo con la Agenda Urbana suscrita es Habitat III en octubre de 2016, tenemos todo el conocimiento, y los recursos, necesario para cambiar el rumbo de un mal crecimiento que sólo ha traído desigualdad e insostenibilidad medioambiental y que ha puesto en riesgo la existencia del planeta.

Tenemos la necesidad y la urgencia de emprender esta acción. La activista Greta Thunberg lo ha dicho bien claro: «No hay zonas grises cuando se trata de la supervivencia del planeta», tenemos que pasar de lo políticamente posible a lo realmente necesario. La comunidad científica ha señalado los retos y las amenazas, y es unánime en que el cambio climático es una realidad inaplazable. En una encuesta publicada en la revista Science el 27 de noviembre de 2015, se ponía de relieve que tan sólo cuatro de 69.406 de artículos evaluados por pares rechazaban la hipótesis del calentamiento antropogénico.

La transformación necesaria, para hacer de este un mundo un lugar sostenible, ha de pasar inexorablemente por una acción que integre los tres ámbitos del desarrollo: social, económico y medioambiental. El desarrollo sólo pude ser sostenible si entendemos que necesitamos interactuar de manera global y local, integral e integrada y de manera conjunta e individual. Sin duda alguna, estas acciones cuentan con un componente de ganancia compartida, pero no podemos olvidar que siguen existiendo cuellos de botella, resistencias de la cotidianidad e intereses ilícitos que dificultan la prosperidad para todos y todas.

Para que esta cambio sea real, hemos de trabajar en la generación de alianzas multi-actor y multi-nivel, trabajar para hacer real aquello que entre todos hemos decidido. Una alianza global que transforme el mundo en que vivimos, desde cualquier punto geográfico, desde cualquier actor y desde cualquier Gobierno. No hay excusas, no hay otro camino por el que transitar hasta llegar al deseado espacio de convivencia social, económica y medioambiental a través de la solidaridad y la justicia.

La solidaridad es la base de la convivencia, es el compromiso individual con el desarrollo colectivo. Una acción donde lo individual y lo colectivo juegan en un mismo ámbito, una alianza de ganancias compartidas. Una acción que nos llevará a identificarnos como una civilización que fue capaz de trabajar junta para la consecución de un mito global.

Todos estamos llamados a esta transformación. Vivimos en un país descentralizado donde, además, confluye un estado desagregado. Un espacio donde las decisiones y las acciones son adoptadas por múltiples actores e instituciones. Sin duda alguna, la máxima responsabilidad recae sobre los poderes públicos; pero hoy, además, la ciudadanía cuenta con una palanca de cambio que le permite no sólo su justa reivindicación sino, también, la acción propositiva para la transformación del mundo. Una gran revolución está en marcha. Un cambio fundamentado en los valores y acciones recogidas en las cuatro agendas del cambio. Un sociedad comprometida que conoce de dónde viene y sabe hacia dónde va.

En este camino, todos debemos transitar hacia una economía descarbonizada, maximizando las oportunidades de empleo y minimizando los impactos sociales que nos lleva a una transición ecológica justa. Esta transformación es inaplazable y ha de ser adoptada por cada uno de los actores. Desde las administraciones públicas, generando los marcos legislativos que den certidumbre a esta transición sin dejar nadie atrás; desde las empresas, apostando y ejerciendo su papel como agentes transformadores hacia un modelo económico justo que respete los ecosistemas y el planeta; y desde la ciudadanía, ejerciendo su doble función de reinvidicación y acción por el clima que haga de nuestro entorno un lugar sostenible y sano.

Las medidas a adoptar son urgentes. Los datos y las evidencias puesta de relieve de la COP24 en Katowice por el Intergovermental Panel on Climate Change (IPCC) son incontestables. El nivel de los océanos se ha elevado en 20 centímetros desde 1870, lo que está llevando a una regresión de las costas. En 2017, las emisiones de gases de efecto invernadero aumentaron un 4,4% con respecto al año anterior. Nuestro país corre un grave riesgo de desertificación, el 37% de nuestro territorio se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad. En definitiva, todos las evidencias son claras y contundentes, y no es tiempo de discursos esperanzadores, sino de una acción ambiciosa y progresiva desde un liderazgo global que logre la mitigación, la adaptación y la financiación necesaria para afrontar el cambio climático.

El rumbo de la acción tiene un destino claro. El futuro sólo se gana pensando en el futuro. No se trata de emprender una simple transición, sino de realizar una apuesta inequívoca por la descarbonización de la economía a través de una transición ecológica justa e inclusiva. Hoy no nos valen soluciones parciales o ideas que nos lleven a una ruptura de la cohesión social en pro de un planeta saludable. Este nuevo impulso definitivo solo será posible si somos capaces de hacer juntos esta transición.

Para ello debemos emprender una acción global y coordinada. Desde las instituciones, las empresas y la ciudadanía ejerciendo un rol de liderazgo, anticipando el futuro sostenible y reduciendo las causas que han provocado un crecimiento económico injusto y medioambientalmente insostenible.  Tenemos soluciones reales y efectivas. Debemos apostar por economías ‘desmaterializadas’ gracias a los consumos colaborativos. Invertir en investigación e innovación aplicada y, además, utilizar de manera masiva la investigación básica en eliminación de CO2 que tiene miles años: la reforestación y la forestación.

Es el momento de la acción. Una acción que genere esperanza y llene los necesarios discursos intangibles de realidades tangibles. Tenemos los conocimientos y los recursos necesarios para afrontar la transformación. La Agenda 2030 supone un nuevo contrato social global que pone a las personas y el planeta en el frontispicio de todas las decisiones políticas, sociales y económicas. En en esta transición, nadie puede quedar atrás y nada puede seguir siendo lo mismo.

Sabemos lo que hay que hacer,  tenemos los recursos necesarios y queremos transitar a un futuro sostenible para todos y todas. La transición ecológica ha de ser justa, participada y sobre todo una acción decidida, permanente y compartida. Estamos construyendo el futuro desde nuestra voluntad de decidir juntos como deseamos vivir en un mundo justo y sano. Cada uno de nosotros y nosotras somos parte de esta transformación, son actores indispensables de las decisiones presentes para avanzar en un mundo interconectado que requiere de la configuración de un nuevo contrato social global. Es el momento, tres, dos, uno… acción

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